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Imagen de Radio – Capítulo 0

Señores, les presento a C.arlitos A.níbal P.etruzzi

   El viejo Petruzzi juró y perjuró a lo largo de su vida que todo-todo “eso” era producto de la mera casualidad...Nada de andar pensando esas cosas adrede, no...Además, ¿quién se pone a pensar en esas cosas?¿A quién se le había ocurrido semejante cuestión?

     El viejo Petruzzi era taxista, y se supo que en ronda de amigos burreros, más de una vez desmintió que haya sido a propósito.  Inclusive en uno de los incisos de su testamento, explicaba y negaba rotundamente que las iniciales que componían el nombre y apellido de su hijo mayor tuvieran algo que ver con algún club de fútbol. -¿Club de fútbol? ¿qué es eso?, repetía Petruzzi en las escalinatas majestuosas del hipódromo de Palermo. -El fóbal é pa`giles!, mirá ese pura sangre, mama mía, eso sí que emociona!, decía.

     Lo cierto es que Carlitos Aníbal había nacido a mediados del siglo pasado, en el barrio de Saavedra, esquivando charcos cerca del parque.  Claro, el viejo Petruzzi no era hincha de Platense, ni mucho menos le gustaba el fútbol. Él, como buen tanguero de los viejos, tenía clásicos todos los días. En La Plata , en San Isidro o en Palermo.  La única historia burrera que lo acercaba al calamar era la de Gay Simón, aquél caballito que entintó las primeras páginas del interminable libro de la historia del marrón.

     Carlitos, empapado de barrio, plazoletas, Manuela Pedraza, y Crámer, no tuvo más opción que hacerse calamar...Un suburbio como el de Saavedra, que late fútbol, murga y tango, fue determinante en ese crecimiento. El fanatismo fue evidenciándose a lo largo de los años, ante la sorpresa del viejo Petruzzi, desentendido del tema en cuestión. Lo cierto es que -para no estirar más esta introducción- Carlitos, desaforado del paraavalancha, un día dejó de ir a los estadios.

     Sí señores, no fue nunca más. Y cuando digo nunca más, es nunca más, ¿eh?  Se le habrá escapado una que otra vez la idea de pasar por el cemento de Vicente López, pero nada más allá de eso.  De un tipo que iba a alentar al marrón a todas partes, pasó a ser alguien que, al día de hoy, se desgañita gritándole al parlante de la radio.  Una Spica que a veces cobra vida con la imagen de tribuna visitante, de defensor que te pone la suela en la cara o de árbitro que nos echa cuatro o cinco jugadores, o cobra un penal para ellos en el último minuto.

     La verdad es que no recuerdo bien cuál fue el último partido en el que Carlitos -Cucho, para los pibes del barrio y del bar- tuvo ese click de no aparecerse más por las canchas...Ni la del marrón, ni las visitantes...Creo que la última vez fue hace tres años, para el festejo del centenario, o al menos me pareció haberlo visto entre los lagrimones emocionantes de aquella noche.  Pero nada de partidos oficiales.

     Es una leyenda incomprobable, pero -de hecho- es así como se sustentan las leyendas más hermosas.  No se sabe bien cómo ocurrió. Algunos cuentan que un día estaba en la cancha puteando al Puma Rodríguez, cuando el delantero laureado de Deportivo Español jugaba para Central.  Y la verdad es que el Puma andaba bastante pasadito de peso por esas épocas. Entonces,  de ahí bajaban todas las cargadas desde los viejos tablones de la General Paz.  "Ese no es un Puma, es un gordo lechón" gritaba Cucho, mientras se cagaba de risa porque faltaban cinco minutos y Platense ganaba uno a cero.  Pero en menos de dos minutos, el "lechón" acomodó dos toques al fondo de la red y las risas se fueron al carajo.

     Me acuerdo que yo venía bajando por Zapiola, yendo para el parque Saavedra y dos cuadras adelante, por el medio de la calle, Cucho revoleaba los brazos y puteaba a lo loco.  Me acerqué corriendo para poder alcanzarlo y cuando lo tenía a tiro de brazo me di cuenta que no le salía un sólo hilo de voz desde su garganta.  Había dejado todo su garguero en la tribuna..

     Una semana más tarde...No...esperá, miento..., creo que había fecha de entre semana, Platense fue a jugar a Córdoba, y si no recuerdo mal era contra Belgrano.  Otra vez, a las putedas limpias, porque Platense ganaba 2 a 1 y terminó perdiendo tres a dos.  En esta oportunidad, en vez de vociferar desde la tribuna, los epítetos hacían flamear las cortinas verdes de la cocina, entre mate y bizcocho de grasa.  El viejo Petruzzi levantaba la ceja de tanto en tanto, mientras repasaba los horarios de La Plata desde "La Rosa", y entre burro y burro escuchaba los sermones de Cucho. Mamá Azucena terminaba un tejido para la sobrina de la Chochi y resoplaba resignada el vocabulario del "nene"...

     Esa tarde, Cucho pasó por el bar de Crámer y Republiquetas, y el gato Peñalba, gallina hasta las plumas, le preguntó en joda cómo había salido Platense.  No se fueron a las manos por poco.  Porque los separaron Valentino, el "Puño" Malcovino y Doña Hilda.  Hildita era una gorda divina, que lo sentó a una mesa y empezó a hablarle al Cucho, andá a saber de qué cosas.  La cuestión es que en menos de media hora de chamuyo, al Cucho se le fueron desdibujando las líneas de calentura de la cara. Levantó las cejas cada vez más alto, tanto, que en un momento, y ante la sonrisa de Doña Hilda, se paró: Clavó de un trago el último culito de fernet que le quedaba, dio media vuelta y se fue. Empinó paso torcido pero firme, derechito-derechito, silbando un tango del Polaco...

(continuará) 

 



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