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Imagen de Radio - Capítulo 08
“Un poco de
recuerdo y sinsabor”
“Atragantado”, eso fue lo único que dijo el Cucho. Estábamos en la
esquina de Melián y el parque, el lunes a la noche, después del
empate de Platense en Córdoba. Pasó tal como lo que hablamos hace
poco: La ilusión en su máxima expresión, la locura del mensaje del
triunfo, importante, como visitante, en un terreno tan difícil…Y
cuando ya no quedaba tiempo ni para el suspiro por el perfume de un
jazmín, ¡zás! Nos meten el empate…
Lo peor
de todo esto no es el resultado en sí, sino la ilusión
desilusionada; la ilusión desilusionante…Quizá si uno se hubiese
enterado del resultado sin haber escuchado el partido podría haber
dicho: “Viejo, buen resultado, sacar un empate allá siempre viene
con gusto a triunfo”. Pero no, quedó el sinsabor. Quedó otra idea,
otra imagen, descolorida, sin luz. Pero ese no fue el único
sinsabor atragantado…
-¿Vos te
acordás la vez que fuimos a ver a Platense al Cható?, arrancó el
Puño. Creo que se refería a una vez que no llegamos a ver el
partido porque viajamos con la Renoleta del Rusito. Un cacharro que
recalentaba cada 200 kilómetros y en pleno Julio. Así que imaginate
como enardecía el cristiano ese, pobre cochecito, y encima con cinco
monos adentro. Porque el Rusito es medio menudito, pero el Puño
Malcovino, Cucho, Anselmo y yo somos cuatro bestias.
Anselmo
es un personaje divino, dueño de un kiosco de los viejos, con
mercería, librería, golosinas y helados, todo junto en un espacio de
5 por 5. Y para Córdoba fuimos, con todas las ganas pero con poco
presupuesto automotriz. La Renoleta hizo más paradas en la ruta que
el 60 entre Escobar y Constitución. A cada rato había que detenerse
al costado del camino para que el pobre fierro descansase. Al
principio, la emoción te hace tomar las cosas desde un costado
risueño y amable. Pero cuando la navaja del frío de la madrugada te
impedía bajar del auto y encima Anselmo te contaba que ya no había
agua caliente en ninguno de los termos, la cuestión se ponía espesa.
Habíamos
salido un sábado a eso de las cuatro de la tarde, cargando en la
parte de atrás unos sanguchitos que la madre del Cucho había
preparado para la ocasión, y hasta una pelota dijimos de llevar
porque como íbamos a llegar medio de mañanita, por ahí metíamos un
picadito mientras hacíamos tiempo para ir al estadio.
Qué
boludos…Nosotros sabíamos que la Renoleta era una carretilla, de
movida lo teníamos anoticiado. Pero hasta las carretas llegan a
destino. Habíamos calculado que podíamos cubrir unos 80 kilómetros
por hora, yendo tranquilos para no forzarla. El Rusito dijo que sí,
que la podíamos pisar un poco más para ponerle unas doce horas en
total. Si llegábamos a eso de las cinco de la matina, podíamos
estirar un poco las piernas hasta la salida del sol y después pasear
un rato por la Docta.
Nada de
eso pasó. Llegamos para las seis de la tarde. De calentura nomás.
Porque ya sabíamos que no alcanzábamos para el partido. Encendimos
una portátil que el Puño había llevado, porque Marcelito es de esos
locos que van a la cancha y también tienen que escuchar el relato
del tipo de la radio porque sino es como que le pierde el gusto a
cuestión…”unos fideos sin salsa parecen”, suele decir el Puño. Y
ahí enganchamos una transmisión cordobesa que gritaba los goles de
Talleres como si fueran los de la final del mundo. Una patada en la
mandíbula era cada gol.
Para esa
altura ya habíamos llegado a Córdoba, no me acuerdo la localidad,
pero recuerdo que estacionamos frente a un arroyito donde el Rusito
se tiró a tomar el poco sol que le quedaba a la tarde, y para
reponer fuerzas en torno al regreso. Los pibes ya estaban en
cualquiera. Nadie le daba bola al partido y se quedaron disfrutando
el paisaje de la montaña, y el arroyito, y el canto de los pájaros…
Ahí fue
cuando el Cucho, quien hacía un rato estaba amargadísimo con todo lo
que había pasado, y además el marrón perdía por varios goles, le
encontró la vuelta a la pesadumbre…O mejor dicho, la pesadumbre le
encontró la vuelta a él. Habíamos trepado una parte de lo que nos
parecía una montaña, pero creo que no pasaba del mote de risco
apenas, y que igual a nosotros nos parecía gigante. Caminamos por
un recodo hasta que la radio del Puño se hizo inaudible. En un
momento dado el Cucho frenó, miró al cielo y se detuvo en su
inmensidad por unos cuantos minutos. “Al final, lo que realmente
importa es aquello a lo que menos bola le damos”, tiró, y me quedé
en silencio un buen rato.
Ya de
regreso, la vuelta no fue menos corta que el viaje de ida, y
estuvimos de parada en parada. Le contamos casi 20 horas hasta
llegar al barrio… Lo jodido de todo esto es cuando querés explicarte
este tipo de cosas que terminan siendo un terrible dolor de cabeza,
y sin embargo tratás de encontrarle un lado mágico, una especie de
caricia en medio de semejante golpe. Y esas cosas son precisamente
las que no solemos ver.
¡Hiciste un
viaje con amigos, che! ¡Debiste haberlo disfrutado! ¡Nunca sabés
cómo hace la vida para darte los regalitos que tiene en mente para
vos! (Si es que la vida tiene mente)
Por eso
es que el Cucho me dijo: “Andá a saber, por ahí algo teníamos que
aprender…Yo te digo, un partido de mierda, así, como éste, es peor
que perder por goleada. Porque pensá: te encajan un gol en tiempo
de descuento. Cómo no te vas a poner loco”.
Y sí,
por ahí te tenés que poner loco… qué se yo… Al Cucho le jodía el
empate, y a mí me jodía que un partido de fóbal tiña una esquina de
amigos con desilusiones…Eso sí me pone loco. Cerrame el ventanal
que arrastra el sol su lento caracol de sueños…Me molesta esa
melancolía en torno a unas sensibilidades que largan lagrimones por
el fútbol, ya sea tras triunfos o derrotas. Esa sensibilidad nos
derrama, es cierto, nos avisa que somos humanos, porque lloramos y
reímos. Pero a veces la cosa se pone fea, aunque este no sea el
caso. Aquella vez, nadie lo dijo ni lo reconoció con los años, pero
yo sé que más de uno quería serrucharle la Renoleta al Rusito, y eso
no estaba bien. El tipo había puesto lo suyo, y encima ni le
importa el fútbol, más allá de ser un poco hincha de Independiente.
Un poquito así…
¿Ves?
Eso si me jode. Más de uno lo puteó en silencio y eso no estuvo
bien… Después el tiempo sana los sinsabores…Pero cuando el Puño
recordó aquél viaje, o al menos supongo que se refería a ese viaje,
nadie le quiso seguir el chamuyo. En seguida se habló del empate
del día anterior, de la desazón por el gol al final y qué se yo qué
más. Pero el Rusito no movió la jeta, porque pasó como una ráfaga
fría aquél comentario…Fue tácito el entendimiento, pero todos
entendieron…A veces los seres humanos tenemos de esas cosas…Somos un
poco mierdas porque nos fijamos en la paja del ojo ajeno y no vemos
la viga en el propio. Es una pena, pero es así…Mucho más triste que
empatar un partido de mierda…Mucho más triste que eso…Pero supongo
que la vida está llena de estos sinsabores que tragamos a pesar de
no querer degustarlos…
No me
hagas dar más detalles…¿Te parece confuso lo que te conté? No sé…Leélo
de nuevo… No me hagas hablar… Para mi fue una cagada. ¿Te parece que
exagero? Qué querés que te diga… A mí me cuajó el alma mucho más la
palidez del rostro del Rusito que haberme comido cinco piñas del
Puño Malcovino… Pero, cada cual sabe dónde le aprieta el zapatito.
Es parte de la miseria… Al fin y al cabo no somos más que humanos…
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